miércoles, 8 de octubre de 2008

Carta número 7: La despedida (inconclusa)




Ya fue suficiente de esta vida sinsentido. Nos dedicamos a esperar el fin, entreteniéndonos con fruslerías: atiborrándonos de vida, dicen algunos; exprimiéndola al máximo, dicen otros; desafiándola, acaso replicaran los más osados; comprendiéndola, gritan los insensatos; preparándose para las otras, repiten los incautos. Y para qué, pregunto ahora: para tratar de convencernos que no la hemos desperdiciado, que fue un don, que valió la pena, que fue un milagro del azar estar aquí y vivir, vivir y perecer, y amar y dejar huellas y perdurar en la memoria del mundo.

Quién soy yo para quejarme, me ha ido bien. Qué nos queda, ahora que ya hemos probado el dolor, la pasión, la patética espera del final, el amor y la tristeza; la vanagloria en el triunfo y el orgullo terco en la derrota. Talvez es como dijo el predicador: todo es correr tras el viento, llevo sobre mi espalda una carga que ya no me interesa, recuerdos que me tienen sin cuidado, que no quiero recordar;

Me voy. Me cansé. Me aburrí. Me agoté. Sé que algunos me dirán (o mejor comentaran) que me faltó el calor africano y el frío glacial. Ya lo sé. Pero sentí la brisa del mar y conocí los hombres rudos de los puertos. Conocí el dolor de una muela, y la enfermedad. Conocí el amor y el sexo, dos cosas que nunca supe distinguir con claridad. Recorrí los anaqueles de esa biblioteca buscando el libro que no tiene principio ni fin, pero sólo encontré libros con hojas numeradas y finitas como la vida, y con interpretaciones tan vastas y disímiles como las que yo he intentado darle a mi existencia; el libro nunca apareció, fue la invención de un ciego célibe. Tomé vino y comí queso a la orilla del Sena a principios de una primavera para celebrar su llegada, junto a una mujer que jamás me negó su cuerpo ni su pensamiento, hace ya algunos años. Volví sin ella, nuestro tiempo había pasado, como ahora el mío está concluyendo, nos despedimos sin rencor, sin tragedias.

Conocí el fracaso y la victoria. Fui tras el rastro de una ilusión y tuve la sombra de la desgracia. Conseguí superar con relativo éxito la miseria del mundo mientras ampliaba mi burbuja de felicidad. Estallé en gritos e improperios ante la traición y recuperé la cordura cuando supe que la lealtad es también finita, fue el mismo día en que traicioné.

Claro que tuve metas y objetivos (algunos lo recordaran), hice empresa, tejí país (también carpetas en croché). La empresa no iba mal, no irá mal si no estoy ahí; no se despedirá a los empleados y habrá duelo empresarial.

1 comentario:

Camilo Useche dijo...

de nuevo en la lucha, perdón, en la escritura...una buena nota aclaratoria de una extraña desaparición..